Identidad de Género

La transfobia, o la insoportable levedad de la opinión indocumentada

 

 

 

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Por O. Cambasani  “Odontología, podología y dietética tampoco tienen cobertura sanitaria pública” (Andreu Segura, El Periódico, 16/03/03). Vaya, ¿pero es que alguno de estos usuarios ha demandado a la Sanidad Pública por no reconocer estas prestaciones? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Han ganado el juicio? 

El pueblo español tiene muy arraigado en su inconsciente colectivo el famoso adagio “mejor un mal arreglo que un buen pleito”, como también es Deporte Nacional criticar —sobre todo desde la pasividad— a los que consiguen pequeñas victorias luchando activamente. Quizá se les haya quedado el miedo a que el estado se enfade, “no vaya ser que vayamos a peor”, un temor fraguado en la sangre patria de la dictadura. Quizá no conozcan el verdadero alcance de nuestra Constitución, o el verdadero significado del tan cacareado estado de derecho, o no sean conscientes de la separación de poderes y de la independencia del Poder Judicial. Y seguramente muchos españolitos —de a pie y no tan de a pie— no se den cuenta, o no quieran hacerlo, que los vacíos legales (verbigracia: aquello que el Legislador no ha querido legislar, porque tiempo le ha sobrado) no pueden resolverse más que en los Tribunales de Justicia. 

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Gracias a la libertad de expresión —garantizada por el mismo estado de derecho que permite presentar cualquier demanda contra personas o instituciones—, los ciudadanos y ciudadanas podemos expresar nuestra opinión en el ámbito público o privado. En eso sí que los españoles hemos aprendido la lección con rapidez: “si tienes algo que decir, lo dices y punto”. Pero en ocasiones esa lección, aparentemente bien aprendida, parece tener lagunas importantes: cuando la materia en cuestión inspira algún respeto, la opinión es cauta y documentada; cuando se siente un profundo desprecio por ella, la opinión le aplica la ignorancia audaz y demoledora.  En el problema que nos ocupa, el tratamiento de la transexualidad, la opinión pública —y mediática, de paso— ha aplicado ignorancia y desprecio a partes iguales. Cuando se organiza un debate sobre esta cuestión, se coloca, en un extremo, a una persona transexual y sus “partidarios”; en el otro, una serie de personas que dan su opinión, o sea, que van a machacar, como si la transexualidad fuese una ideología, religión o elección personal. Y a todo el mundo le parece normal que, ni de un lado ni de otro, haya profesionales expertos en transexualidad. Es decir: “usted no tiene ni idea, pero como el tema es de entidad menor, no hace daño a nadie opinando lo que le dé la gana”. Pues no, me temo que la ignorancia, el desprecio y el fomento de esta actitud maniquea hacen mucho más daño del que pueda apreciarse a simple vista. 

Photo Sharing and Video Hosting at PhotobucketA nadie se le ocurriría definir la diabetes de tipo 2 como “el justo castigo a unas personas con malos hábitos alimenticios”, o la obesidad mórbida como “el resultado de una glotonería continuada”, y ello porque la gente sabe, más o menos, lo que son realmente. El conocimiento y tratamiento de estas patologías es del dominio público, y por obra y gracia del conocimiento y la documentación científica, no sería de recibo organizar un “debate” de diabéticos contra obesos, suponiendo que uno de estos dos trastornos orgánicos no estuviese reconocido por la Sanidad Pública, a ver cuál de los dos debe tener “prioridad”, y mucho menos si en esa contienda no estuviesen presentes expertos en endocrinología y nutrición. Nadie elige padecer la diabetes, la obesidad o el enfisema pulmonar, y eso que, en algunas de sus variantes, estas patologías serían parcialmente evitables con una vida sana y una medicina preventiva adecuada. Esto sólo demuestra una cosa: que las personas diabéticas u obesas merecen y reciben respeto. Por el contrario, las personas transexuales somos despreciables. Sí, no me queda más remedio que llegar a esa conclusión, porque nuestras necesidades sanitarias se miden con otro rasero, y la opinión pública y mediática no se molesta en preguntarse por qué los médicos no hablan nunca de la transexualidad. Y claro, en esa tesitura, si las personas transexuales intentamos, con documentación científica en la mano, definir lo que es realmente la transexualidad, nos toman por cuentistas indecentes. Pero hay más: un tribunal —juez y fiscal— examina una documentación científica e informes periciales, examina los antecedentes de hecho y de derecho y finalmente dicta una sentencia, y las transexuales seguimos siendo despreciables. Insisto: si un usuario ganase una demanda contra las autoridades sanitarias, reconociéndole el derecho a que le practiquen una ortodoncia, el grito popular sería “¡Victoria! ¡Se ha sentado un precedente!” Y esto sería así por lo que digo más arriba: cuando sabes qué es tener los dientes torcidos (como si las transexuales fuésemos desdentadas), sabes que tienes un derecho sin reconocer; pero cuando se trata de transexualidad, como no se conoce ni se quiere conocer, se opina en su contra. No en contra de la diabetes o el tratamiento del tabaquismo, no señor. El agravio comparativo sólo surge contra la transexualidad, porque no se sabe lo que es, ni importa. Somos despreciables, no hay duda. Somos minoría, no podemos defendernos como los demás colectivos, y aunque ganemos juicios, nos machacan impunemente. 

Soy profesora de idiomas y estoy acostumbrada a repetir las cosas: la transexualidad no es una elección personal, ni un simple “disgusto” con el propio cuerpo. Consiste en tener un cerebro (biológicamente constituido) con un sexo y el resto del cuerpo con otro. El único tratamiento posible es modificar el cuerpo hasta donde la medicina sea capaz de hacerlo, porque la cirugía cerebral o la psiquiatría no pueden tratar esta discordancia. Si esto no se lo ha contado ningún médico en estos términos, pregúntelo a alguno que sea experto en la cuestión y esté al día. Los endocrinólogos, psiquiatras y psicólogos que me han examinado a mí pertenecen a la Sanidad Pública y todos dicen que soy mujer. Lo decían antes de empezar mi tratamiento y lo siguen diciendo ahora, 3 años después de incorporarme a la sociedad como mujer. ¿Mienten? ¿Me dan la razón como a una loca para que no me suicide? Señores, si creen que la respuesta es afirmativa, me pregunto: ¿tan mala opinión tienen de los médicos? ¿No será que el juicio sumarísimo al que nos está sometiendo la opinión pública —y mediática, de paso— se basa en preceptos morales y no en la realidad científica y el derecho? Las autoridades han sido muy hábiles al presentar públicamente el problema de la transexualidad en términos económicos, una enorme falacia que, gracias a la ignorancia y los prejuicios existentes, ha tenido mucho éxito y calado en la ciudadanía. Minimizar la magnitud del problema de la transexualidad, en relación con su coste presuntamente astronómico (la manipulación de las cifras ha sido pasmosa), ha sido una estrategia muy eficaz, frente a un colectivo minoritario y por tanto inerme ante tal despropósito. Se monta todo un escándalo por una operación de cirugía (presentada como “estética”, faltando a la realidad) en función de su coste en clínicas privadas, sin mencionar lo que costaría el mismo servicio prestado en un hospital público —lógicamente mucho menor—, y ¡listo! La transexualidad a la basura, toda ella de golpe. Ni se habla del tratamiento hormonal y su seguimiento (de coste casi nulo), ni de la regulación y homologación del protocolo médico para evitar abusos y carnicerías en la medicina privada. Nada. Todo a la basura, en bloque, porque la operación de reasignación sexual (no de cambio de sexo, ojo) es demasiado cara en la medicina privada. (Risas entre el respetable) No hay lógica posible, porque la verdadera objeción contra las personas transexuales es de tipo moral, pero eso no lo pueden confesar, políticamente hablando. El argumento económico es pura fachada, y la ignorancia de la transexualidad como necesidad sanitaria es algo deliberado y cruel. Pero los colectivos seguiremos informando para romper esa ignorancia, luchando para dejar de ser ciudadanos y ciudadanas de segunda, y demostrando día a día que no merecemos el desprecio que se nos depara. La verdad siempre triunfa, sólo es cuestión de tiempo. 

Olga Cambasani 

ATC LibertadBarcelona      

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