Identidad de Género

 

 

Grandes Reportajes, Suplemento El País Sobre

Transexualidad

 < Hombre y mujer por derecho >

Diario El País/Suplemento Domingo/Grandes Reportajes-.Nacieron perfectamente sanos, pero piensan, sienten y actúan como seres humanos del sexo opuesto al que evidencian sus genitales y sus cromosomas. Son personas transexuales. Hombres y mujeres que exigen el derecho a su identidad sexual por encima de su cuerpo. El Gobierno acaba de comprometerse a hacerlo posible.

Luz Sánchez Mellado/Fotografías Leila Méndez

“Antonio Sánchez, pase con la doctora Esteva”.

Martes, mediodía. Hospital Civil de Málaga, consulta de endocrinología. Al oír su nombre, un chico bajito –camisa holgada, tez muy tersa y una ligera sombra de bozo en la cara– va tras la enfermera seguido por la mirada cómplice de la parroquia habitual de obesos y diabéticos de la especialidad. Es uno de ésos, dicen sin decirlo. Dentro, Isabel Esteva saluda a su paciente.

–Hola, Antonio, ¿cómo estás?, ¿qué vas notando? Vamos a ver tus análisis.

Ambos saben que Antonio no se llama Antonio. El nombre que figura en su DNI puede ser María, o Ana, o Inmaculada Concepción. Tiene mamas, vagina, útero, ovarios; la dotación completa de la pareja de cromosomas XX. Una mujer biológica en toda regla. Pero es Antonio. Piensa, siente y actúa como Antonio, y está en esta consulta del Servicio Andaluz de Salud haciendo escala en una de las primeras estaciones del tránsito de su vida. Su reasignación de sexo. El complejo viaje existencial a la vez íntimo y social, público y privado, médico y jurídico, que ha emprendido para llamarse Antonio con todas las de la ley. Para ser un varón de los pies a la cabeza.

Para entender estas líneas conviene llamar a las cosas por su nombre. Antonio Sánchez, como Jorge Martín –el chico de sonrisa franca cuya imagen abre este reportaje–, nació con cuerpo de mujer, pero se percibe a sí mismo como un hombre: es un hombre transexual. Esperanza Álvarez, la belleza rotunda de la página anterior, nació con cuerpo de hombre, pero se siente una mujer: es una mujer transexual. No quieren cambiar de sexo. Tienen perfectamente claro cuál es el suyo. Lo que desean es adaptar su cuerpo a su mente, reconciliar su sexo corporal con su sexo psicológico, y que el mundo les reconozca como lo que son, no como vinieron a él. Por eso, las personas que aparecen en estas páginas se llaman con el nombre que sienten suyo, sea o no el que les identifica en el Registro Civil.

La doctora Esteva explora el tórax de Antonio. El vello va brotando a rodales entre los senos. La voz ha bajado de tesitura. Los análisis no delatan daños en el hígado ni efectos indeseados en el recuento de glóbulos rojos o el colesterol. El tratamiento hormonal masculinizante que Antonio comenzó a tomar hace tres meses sigue la evolución prevista. La endocrinóloga Isabel Esteva es, junto a la psicóloga Trinidad Bergero y los cirujanos plásticos Francisco Giraldo y José Lara, uno de los tres pilares de la unidad de trastornos de identidad de género (UTIG) del hospital Carlos Haya de Málaga. El único centro donde se ofrece tratamiento integral y gratuito a las personas transexuales en España. Unos compatriotas de los que se desconoce casi todo. Para empezar, cuántos son.

Asociaciones como la Federación de Gays, Lesbianas y Transexuales; Transexualia, o la Fundación de Identidad de Género, estiman en unos 8.000 los ciudadanos transexuales del país. La cifra fue asumida por el ministro de Justicia, Juan Fernando López Aguilar, cuando anunció el pasado 20 de diciembre la presentación de la Ley de Identidad Sexual en el Congreso en el primer trimestre de 2006. El anteproyecto permite a las personas transexuales cambiar su nombre y su sexo legal sin necesidad, como ahora, de acreditar judicialmente una operación de reasignación de sexo que, como admitió López Aguilar, “acarrea un importante sufrimiento a la persona”, y, como se verá, no todos necesitan ni desean.

Y es que no existe la transexualidad, sino las personas transexuales. Y aparte de que hay más mujeres que hombres –los médicos hablan de al menos dos casos de personas que desean transitar de hombre a mujer por cada caso de mujer a hombre–, existen pocas más certezas sobre ellas y ellos. Hay personas transexuales de todas las edades, latitudes y clases sociales. Universitarios y analfabetos. Ex reclusos y abogados. Prostitutas y vírgenes. Adolescentes y ancianos. Para muestra basta una ojeada a la lista de pacientes del Carlos Haya: desde un chaval de 14 años que recibe –con permiso paterno– tratamiento hormonal para paralizar su pubertad masculina antes de evaluar la pertinencia de una reasignación de sexo hasta un sexagenario –oficial del Ejército– que ha aguardado a jubilarse para emprender el mismo viaje de Antonio, hacia Antonia en este caso.

Imagine que mañana, al mirarse al espejo, su cara, su aspecto, sus genitales son los del sexo contrario. Usted es un hombre, o una mujer, como siempre, pero su cuerpo tiene los atributos de una mujer, o los de un hombre. En casa y en la calle todos le tratan como lo que no es, y su palabra no sirve porque salta a la vista que es usted quien se empeña en negar la evidencia. Ésa es la sensación con la que viven 24 horas al día, cada día, las personas transexuales.

Tienen la variedad más extrema de lo que los médicos llaman trastornos de identidad de género o disforia de género. Un conflicto permanente entre psique y cuerpo. La percepción de haber nacido con el cuerpo equivocado. Una “estafa” de tal calibre que muchos desean “deshacerse” como sea de ciertas partes de su cuerpo que les son “ajenas”. Las comillas son suyas.

El sinvivir comenzó en el vientre de sus madres. Hay diversas teorías sobre la condición transexual; pero, según la última y más aceptada por la comunidad científica –publicada por especialistas de Holanda y Singapur en Nature en 1995–, la disforia de género se produce en el útero materno. El embrión es, desde el minuto uno de la concepción, mujer o varón desde el punto de vista cromosómico: XX o XY. Pero los caracteres sexuales físicos y cerebrales del feto se definen durante el embarazo, mediante periódicas infusiones de hormonas que determinan la formación de los genitales del bebé y su sentimiento de pertenecer a uno u otro sexo. En la inmensa mayoría de casos, ese aspecto y ese sentimiento coinciden. En unos pocos, un desajuste, una mezcla inadecuada o un error en la impregnación hormonal de determinados núcleos cerebrales del feto da como resultado un recién nacido que se va a sentir diferente. Es cuestión de tiempo.

Cuando a los cinco añitos alguien le preguntaba a Esperanza Álvarez qué quería ser de mayor, ella soltaba: “Una mujer”. Las visitas se reían mucho con la ocurrencia del chaval: “¿Y no te gustaría ser médico, o bombero?”. “Yo quiero ser mujer, y luego ya veremos”, zanjaba ella.

Jorge, Miguel, Álex y Javier saben lo que quería decir Esperanza. Ya de niños querían ser hombres. Hoy han quedado a tomar unas cañas. Son amigos y compañeros en la asociación El Hombre Transexual. Jorge Martín, técnico superior de comercio, de 35 años, ha dejado su empleo en la empresa familiar para asumir la presidencia del colectivo. Hace sólo año y medio que inició su proceso de reasignación de sexo –“después de vivir 32 años ahogado en el burka de mi cuerpo”–, y ahora quiere, y puede, dedicar toda su energía a su nueva vida. Miguel (cuatro meses de tratamiento hormonal, aún con mamas y ovarios) tiene 26 años y es licenciado en filosofía. Álex, de 24 años (ya sin mamas, pero aún con ovarios), es administrativo. Y Javier, de 37, camarero. Una panda de chicos de ahora –corte de pelo moderno, barbita recortada, estilo casual– que levanta incluso alguna mirada apreciativa en las chicas del local.

“No somos enfermos ni minusválidos, hemos nacido bajo la condición transexual, y la medicina, y la sociedad, puede y debe ayudarnos, porque somos ciudadanos españoles, con deberes y derechos”, abre el fuego Jorge. “No es fácil, es cierto”, concede Miguel. “Tú eres el primero que, cuando le pones nombre a lo que te pasa, ves que lo que se te viene encima es de tal calibre que te puedes hundir. Yo tardé varios años en asumirlo, y eso contando con el apoyo de mi familia. Así que comprendo que haya gente que tarde 50 años en decidirse y tenga hijos como mujer por el camino”. Álex es más gráfico: “De pequeño lo tienes claro: yo no hice la comunión por mis santas pelotillas. Querían vestirme de princesita y preferí quedarme sin videoconsola a ir de niña. Pero, cuando creces, tratas de ocultarlo para no hacer daño, de tal forma que luego tienes que volver a reconocerte. Hasta que te hundes y dices: hoy. Y entonces puedes empezar a quitarte la losa”.

El periplo para aliviarla es largo y doloroso. Siguiendo el protocolo internacional establecido por la Asociación Harry Benjamin de Disforia de Género en 1979, la biblia de los profesionales, Antonio Sánchez ha sido diagnosticado por la psicóloga Trinidad Bergero como candidato idóneo al proceso de reasignación de sexo. Hoy ha acudido a la endocrinóloga a revisar el tratamiento hormonal personalizado –bloqueo de su producción natural de estrógenos femeninos y administración vía intramuscular de testosterona masculina– que está detrás de su incipiente aspecto viril. Sólo tras varios meses de probar que va por el mundo como un hombre, aunque sea con barba y senos –el llamado test de la vida real–, se podrá poner en manos de Paco Giraldo o José Lara para someterse, si lo desea, a una serie de operaciones que acaben de adaptar su cuerpo a la identidad masculina que manda en su conciencia.

El catálogo impone. Una mastectomía masculinizante para librarle de las mamas que ahora lleva aplastadas bajo una faja ortopédica; una histerectomía para deshacerse de los ovarios y el útero que, previsiblemente, se atrofiarán hasta la inviabilidad con el tratamiento hormonal, y, si lo estima necesario, una metaidoioplastia para alargar su clítoris ya magnificado por la testosterona, incorporarle la uretra y convertirlo en un micropene de unos cinco centímetros con el que poder orinar de pie.

Mínimo, año y medio o dos años de tratamiento duro y doloroso. Y eso que Antonio es un privilegiado. Como ciudadano andaluz, tiene derecho a la cobertura sanitaria pública de su tratamiento. El Parlamento autonómico aprobó la prestación en 1999 a instancias del Defensor del Pueblo Andaluz. Desde la puesta en marcha de la UTIG, 520 personas han acudido y acuden, como Antonio, en busca de ayuda. Semejante avalancha –se esperaba una demanda total de 300 personas–, unida a la escasez de medios, ha originado una lista de espera de casi tres años hasta que Antonio, o el oficial Antonia, puedan culminar su tránsito en el quirófano.

En el resto del país, las cosas pueden ir más rápido, pero a golpe de talonario. Ninguna otra comunidad autónoma –salvo Extremadura, que deriva al saturado Carlos Haya, y Aragón, que ha anunciado la asunción del servicio, pero no dispone de infraestructura– sufraga las operaciones de reasignación de sexo. El diagnóstico psicológico y el tratamiento endocrino a estos pacientes en la sanidad pública es disperso y depende de la voluntad de los médicos.

Pero quien quiera operarse sólo puede ir a un cirujano privado. A razón de unos 4.000 euros como mínimo por una mastectomía masculinizante o una mamoplastia feminizante; 3.000 por un vaciado de ovarios, trompas y útero; unos 10.000 por una vaginoplastia (ellas) o metaidoioplastia (ellos), y unos 30.000 por una faloplastia, la operación más polémica y menos demandada por los hombres transexuales por sus insatisfactorios resultados. El protocolo de la Asociación Harry Benjamin –diagnóstico psiquiátrico, tratamiento hormonal, test de la vida real durante 18 meses y, sólo finalmente, cirugía– es, para muchos pacientes y médicos, papel mojado. Las prisas y la angustia de unos, y la perspectiva de ingresos de otros, mandan.

Esperanza Álvarez empezó a autohormonarse al acabar el servicio militar. Hace 20 años.“Siempre he sabido quién soy, una mujer; pero hice la mili para demostrarle a mi padre que ni siquiera un cuartel me iba a cambiar. Yendo de frente no tuve ningún problema: los mandos y compañeros me despidieron con un ramo de rosas rojas”. Pero ella estaba hundida. “Necesitaba verme como soy. Entonces nos automedicábamos todas. Nos decíamos las hormonas que mejor nos iban: ‘Éstas van de escándalo, te sube hasta la leche”, se ríe ahora. “Las pedíamos en la farmacia, costaban unas 18.000 pesetas al mes; pero otras eran más difíciles de conseguir y se las tenías que comprar a alguna chica que traficaba con ellas. ¿Miedo? Qué va. No lo pensaba, sólo veía que me afinaba, que me crecían los pechos, que empezaba a ser yo”. Mediaban los ochenta.

Por esos años, Javier, el camarero de El Hombre Transexual –hoy un varón legal, casado en dos ocasiones y con su actual esposa en proceso de inseminación con donante para poder ser padres–, también se buscaba la vida solo. Un día vio en la tele al urólogo Aurelio Usón “anunciando la primera operación de cambio de sexo de mujer a hombre en España”. “En cuanto cumplí 18 años, fui y me operé”. Era 1986. Le quitaron las mamas, el útero y los ovarios en la misma intervención. Pero no era suficiente para él. “Yo quería mi pene. Recorrí todos los cirujanos de España, y como no me daban garantías, en 1992 cogí el coche y me fui a Holanda”. En la Cátedra de Transexualidad de la Universidad Libre de Amsterdam, Javier encontró “el paraíso”. “Una clínica pública donde te tratan como un paciente cualquiera, como si tuvieras gripe, y no como un bicho raro. Hagen, el cirujano que me intervino, flipó cuando le conté la situación en España, y se ofreció, si le encontraba una clínica dispuesta a acogerle, a viajar a España a operar”.

La madrileña clínica Isadora, pionera en atención sexual, aceptó el reto. Allí fue donde Hagen le realizó la vaginoplastia –reconstrucción de una vagina a partir de los genitales masculinos– a Esperanza Álvarez, el 5 de julio de 1996. Antes, y a pesar de llevar más de diez años autohormonándose, Esperanza había pasado por Becerra.

En cuanto se indaga sobre transexualidad en España, emerge este apellido. Antonio Becerra, de 52 años, es endocrinólogo en el hospital Ramón y Cajal de Madrid. Por su consulta –pública y gratuita– han pasado, según su contabilidad, “unos 400 pacientes transexuales” desde que, “en 1992-1993” vino el primero pidiendo ayuda. “Yo atiendo a todo el que viene. Igual que antes nadie sabía nada de la anorexia nerviosa, pues entonces, yo por lo menos, no sabía nada de transexualidad. Pero me informé”. Él también fue a Holanda.

La clínica de transexualidad de la Universidad de Amsterdam es el santuario de profesionales y pacientes. En 25 años de existencia –en el sistema sanitario público holandés– ha visto a 2.500 personas transexuales y ha formado a médicos de todo el mundo en este problema de salud generalmente desconocido o malinterpretado incluso por la propia profesión médica.

El equipo del Carlos Haya es consciente de que ni su especialidad profesional ni, por supuesto, sus pacientes son precisamente populares entre muchos de sus colegas. “Hemos tenido que luchar por dignificar nuestro espacio de trabajo”, admite el doctor Giraldo. “Estamos tratando un trastorno de salud identificado en el DSM-IV, y el ICD-10 –los catálogos internacionales de enfermedades– desde 1978; siguiendo un protocolo internacional –el de la Harry Benjamin– con 25 años de historia, y, en el caso de los cirujanos, aplicando un cuerpo doctrinal que tiene más de 50 años, desde que se documentó la primera reasignación genital a una mujer danesa, Cristine Jordensen, en 1953”, dice el cirujano. “Pero hay compañeros con dudas morales acerca de por qué tratamos este problema y no otros, además tratándose de intervenciones irreversibles. De hecho, en mi equipo hay 10 cirujanos y sólo operamos dos”.

La endocrinóloga Esteva es explícita: “Es cierto que no hay, por ahora, una prueba diagnóstica inapelable. Pero tienen un problema de salud, y que no sepamos su causa no quiere decir que no les tratemos. Sabemos cómo hacerlo y cómo agradecen ellos y ellas la intervención médica. Casi todos, literalmente, renacen. Pero para ayudarles no hay que tener condicionantes religiosos o morales que te impidan, por ejemplo, hablar de sexo, y no todo el mundo está acostumbrado”.“El tratamiento psiquiátrico de estos pacientes no ha ofrecido ningún resultado en 50 años. Y sin embargo, el seguimiento psicoterapéutico, endocrinológico y quirúrgico en equipo ha conseguido mucho más. Eso es lo que hacemos”, concluye la psicóloga Giraldo.

Andrés Rodríguez, de 29 años, supo que era distinto a los cuatro, cuando nació su primer hermano. “Siempre me había sentido un niño. Pero cuando llegó me di cuenta de que todos nos trataban de forma diferente. Además, yo no tenía lo que tenía él”, cuenta ahora este chicarrón que ha venido directamente del taller donde lija muebles de cocina y baño al estudio donde se realizan las fotografías de este reportaje. Rodríguez también es paciente de Becerra.

A partir de su estancia en Holanda, el endocrinólogo del Ramón y Cajal ha creado una especie de red atípica de asistencia a las personas transexuales en Madrid. “La atención que se les ofrece en el sistema público es, digamos, alegal. Yo les veo en mi consulta del hospital como un paciente más, pero aquí no hay unidad de transexualidad. A mí me llegan pacientes en todas las etapas del camino: como primera visita, autohormonados hasta las cejas, operados sin hormonar…, de todo. Aunque sólo fuera por evitar esos desastres, todo el proceso debería estar cubierto por la sanidad pública”, dice el doctor. Lo que hace él, mientras tanto, es tratar de poner orden en el tránsito de cada uno. “Lo primero que les pido es un informe diagnóstico de un psicólogo. Sin él, no les trato”. En la sanidad pública, Becerra cuenta con el apoyo de la trabajadora social y sexóloga María Martín-Menasalvas y el psicólogo Emilio Irazábal, del centro de orientación familiar del área 4 de Madrid.

Ellos fueron quienes diagnosticaron a Andrés como persona transexual, apta para emprender el tránsito de mujer a hombre. Fue hace tres años. Hacía otros tantos que Andrés vivía en pareja con su novia desde los 15 años. “Nos enamoramos en el instituto. Mis padres creían que éramos lesbianas, yo no les dije lo mío hasta que decidí hacer el cambio. Entones era aceptarme o perderme, y me aceptaron”. El tratamiento hormonal fue “espectacular”, y a los tres meses, saltándose el test de la vida real –“¿para qué?, siempre he ido de hombre”–, Andrés se quitó las mamas “en una clínica de monjas” por 4.800 euros. “Fue una liberación absoluta, aunque me dejé tres kilos de carne en el quirófano”, bromea. Para deshacerse de útero y ovarios tuvo que esperar dos años, y se buscó la vida, “con amigos”, para hacerlo “por la Seguridad Social”. “Los tenía atrofiados, es una operación rutinaria que se le hace a todo el que lo necesita. ¿Por qué a mí no?”.

Hoy, en la sesión de fotos, Andrés es el padre de la estrella. Gladys, una preciosa niña rubia de ojos azules concebida por su mujer mediante inseminación artificial con semen anónimo. “Es mi hija. Estuve con mi mujer en la inseminación, el embarazo y el parto. Yo la crío, pero no tengo ningún derecho sobre ella, y sólo lo podré tener cuando cambie mi sexo registral”.

Porque de momento, y hasta que el anuncio del ministro Aguilar no se concrete, Andrés continúa con la M (de mujer) en el DNI. Sigue sin tener lo que tenía su hermanito. Él, como Jorge, como muchos otros hombres transexuales, no se han sometido, ni se plantean hacerlo de momento, a cirugía genital de reasignación de sexo. Hay mujeres transexuales, como la costarricense Thannya Guido, que tampoco. “La decisión de pasar o no por el quirófano depende de muchos factores, desde el grado de rechazo que despierten en el paciente sus genitales biológicos, que no siempre es el mismo, hasta la dificultad económica, pasando, claro, por las expectativas de ‘quedar bien”, explica la psicóloga Cristina Garaizábal, vinculada a la clínica Isadora. “Todas y todos te preguntan que si tras la operación van a poder sentir”, confirma el cirujano plástico y urólogo Esteban Sarmenteros, que ha intervenido en los últimos cuatro años a “unas veintitantas” personas transexuales a través de su consulta privada de Madrid.

–Yo tuve el primer orgasmo yo sola, a los 20 días de operarme –dice Esperanza mientras la peinan para las fotos.

–Yo no me arriesgo. Mi pene es parte de mí, gozo mucho de mi sexualidad y no quiero perderla –repone Thannya.

Los chicos, quizá más pudorosos, hablan sin reparos en privado. “Me gustaría tener pene”, admite Andrés, “pero cuando conoces las posibilidades reales de la faloplastia, te echa para atrás. Sólo lo haría si lo necesitara psicológicamente. Mi pareja me apoya en lo que decida. Además hay prótesis para todo: de paquete, para orinar de pie y para mantener relaciones. Mi vida sexual es muy satisfactoria”. Su mujer asiente. Es una chica rubia, atractiva, “heterosexual”, que se enamoró a los 15 años “del hombre” que vio en Andrés y sigue así a pesar de que ha tenido que soportar “siempre” que la llamen “lesbiana”.

Jorge, que no tiene pareja “por ahora”, tampoco quiere arriesgarse. “Si entro en esa cirugía, lo que pido es un falo para mantener relaciones sexuales placenteras para mí y mi pareja. Eso, por ahora, no me lo garantizan, y mi identidad sexual de varón está muy por encima de un pene”.

Y es que, objetivamente y por ahora, los resultados del proceso de reasignación de sexo son asimétricos. Los efectos del tratamiento hormonal masculinizante están mucho más conseguidos –la tonalidad de la voz, el vello, la fisonomía facial y corporal– que los de la terapia feminizante. “La testosterona puede con todo”, bromea la endocrinóloga Esteva, “y, de la misma forma que es muy espectacular para contrarrestar las hormonas femeninas, también es muy difícil eliminar su rastro cuando ya se ha pasado la pubertad masculina”. Así, mientras los amigos de El Hombre Transexual utilizan los lavabos de chicos sin levantar más sospechas que la de ser más bajos que la media de sus congéneres –su altura es de mujer–, ellas cantan más. Esperanza, de hecho, aún se plantea alguna operación: “Quiero operarme las cuerdas vocales, porque la voz es lo que más me delata”, confiesa. Las marcas de la electrólisis que sufrió –“mordía toallas hasta arrancar el trozo”– para erradicar definitivamente su vello facial también le recuerdan su calvario en el espejo.

Quizá para compensar, la cirugía de reasignación genital es mucho más agradecida para ellas. La vaginoplastia a partir de los órganos genitales masculinos procura orgasmos satisfactorios al 85% de las pacientes transexuales, según la estadística particular de Sarmenteros. Los hombres que se someten a metaidoioplastia conservan incólume su capacidad orgásmica –su micropene no es más que su clítoris agrandado por las hormonas y la cirugía–, pero el paso siguiente, conseguir un falo de verdad, está lejos de ser fácil.

La técnica consiste en la extirpación de un fragmento de tejidos –con sus arterias y nervios– procedente del antebrazo del paciente y su implante en la zona genital, conectando esos nervios con la estructura eréctil del clítoris. En este punto, Francisco Giraldo, del Carlos Haya, sí objeta conciencia: “No nos creemos que esa nueva estructura pueda tener la misma sensibilidad erógena que el clítoris primario, y menos que se pueda reproducir el mecanismo de la erección. En Amsterdam las hacían, pero hace dos años que ya no. Nosotros, tampoco”. En España, sólo los doctores César Casado y Pedro Cavadas las realizan. Cavadas, incluso, ilustra el proceso en su página web.

Mucho antes de que existiera Internet, en los setenta, los años en que el endocrinólogo Harry Benjamin sentaba las bases del abordaje integral de la reasignación de sexo, Manolita Chen recorría España con su Teatro Chino. Chen –nacida Manuel Saborido– fue el primer rostro de la transexualidad en un país que aún sigue confundiendo esta condición con el travestismo o la intersexualidad; incluso con la prostitución a la que se dedican, es cierto, algunas mujeres transexuales –“aunque cada vez menos, dado que, cada vez más, gozan del colchón de la familia”, dicen en el Carlos Haya–. Una esplendorosa Bibi Andersen (hoy orgullosa Bibiana Fernández) elevó su condición a la categoría de mito mediático de la modernidad en los ochenta.

Pero no fue hasta hace década y me-dia cuando los colectivos de gays y lesbianas acogieron en su seno a, sobre todo, las mujeres transexuales. Los hombres, de hecho, no existían, tal era su invisibilidad. Desde entonces, el bello rostro de la canaria Carla Antonelli es el más representativo del activismo transexual. Juana Ramos, presidenta de Transexualia, o Olga Baselga, portavoz de la Fundación de Identidad de Género, son también mujeres transexuales que dan la cara desde sus entidades.

Antonelli ha felicitado las fiestas a sus amigos con un exultante mensaje en su web: “Brindemos con cava por la ley que devolverá la dignidad al colectivo transexual”. En su calidad de mujer transexual y militante del PSOE –es portavoz del área transexual de la Secretaría de Movimientos Sociales y ONG que ostenta Pedro Zerolo en la Ejecutiva socialista–, Carla estaba, antes del anuncio de Aguilar, bastante preocupada. “Antes que socialista soy mujer transexual, y el Gobierno debe cumplir su promesa electoral de presentar la Ley de Identidad de Género en esta legislatura”. Por eso, ahora, ni siquiera las declaraciones de los obispos dos días después del anuncio del ministro López Aguilar le han aguado la fiesta. “Se está preparando una ley de género con la que se quiere anular el significado antropológico de la diferencia sexual e imponer ‘la teoría del género’, contraria a la verdadera naturaleza del hombre”, reza el escrito de la Subcomisión de Familia y Vida de la Conferencia Episcopal Española. El debate en el Congreso se anticipa caliente.

Antonelli, mientras, recuerda a los suyos que quedan asuntos pendientes, como la inclusión de la cobertura sanitaria del proceso de reasignación de sexo en el sistema sanitario público. María Teresa Fernández de la Vega anunció en mayo de 2005 que el Gobierno cumplirá su promesa electoral. Carla toma la palabra.

Para Jorge, Esperanza, Thannya y Andrés llegará tarde, en cualquier caso. Se han pagado el viaje ellos mismos. Se han buscado la vida, se la siguen buscando. Viven al día. “Enseñando, en cada entrevista de trabajo, en cada pago con tarjeta, en cada centro oficial, un carné que nos margina. Aguantando miradas de arriba abajo”, en palabras del presidente de El Hombre Transexual. Los papeles de Jorge Martín siguen en manos de su abogado, Carlos Plá, un letrado que ha conseguido –2.000 euros un año de trámites, examen forense y vista judicial mediante– 16 sentencias de cambio de sexo legal para personas transexuales de mujer a hombre sin acreditar cirugía genital. Un reputado profesional que se puede quedar sin clientes.

La fotógrafa dispara el último rollo. Acaba de empezar el año, aún hay ecos de fiesta, y los chicos y chicas se despiden con abrazos. Muchas monerías para la pequeña Gladys. Intercambio de móviles y direcciones de e-mail. Se diría que son felices, tanto o tan poco como cualquiera. Su nombre de usuario en el correo electrónico es un poema: “happyman” (Jorge), “papichulo” (Andrés), “muchaesperanza” (Esperanza). ¿Se puede decir más con menos?

ANDRÉS RODRÍGUEZ OSORIO:

“Soy un padre como los demás. Mi hija es mía”

29 años. Lijador. Vive con su mujer desde hace seis años. Cuando tenga DNI de varón podrá ser padre legal de su hija Gladys, de 20 meses.

“En el barrio me decían Rosendo, por el cantante de Leño. Siempre fui muy chico, hasta intentaba hacer pis de pie; pero también muy realista. Tenía una 105 de pecho y nunca lo escondí. Mi problema no era la gente, sino el espejo. Por eso, aunque tengo mujer desde los 15 años y me trataban en masculino, me hundí. Hace tres años. Quería ser yo, un hombre. Me daban miedo las asociaciones, hasta yo tenía prejuicios; pero deseábamos tener hijos y fuimos a informarnos sobre inseminación. El chico de recepción era transexual y me cazó. Ahí cambió mi vida. Hice el tratamiento hormonal, me quité las mamas y logré hacerme la histerectomía en la Seguridad Social. ¿Acaso no pago impuestos? El día que salí del hospital supimos que Gladys había cuajado en el vientre de mi mujer. Soy un padre como los demás; mi mujer y yo somos pareja de hecho, y cuando cambie mi sexo legal nos casaremos. Podría hacerlo ya, como mujer, pero no lo soy. Me gustaría tener pene, pero la cirugía no es segura. Además, el sexo está en la mente. Ahora amo al espejo, me gusta lo que veo”.

ESPERANZA ÁLVAREZ GÓMEZ:

“Mi mayor frustración es no poder parir un hijo”

40 años. Teleoperadora. Se automedicó con hormonas femeninas durante varios años antes de someterse a cirugía genital en 1996.

“Si hubiera querido bronca, la hubiera tenido todos los días de mi vida, pero siempre he tenido muy claro quién soy y no me doy por aludida con los insultos. Donde más sufrí fue en el colegio. La infancia es lo más duro, porque aún no sabes qué te pasa, por qué te tratan como a un niño cuando tú te sientes niña. Por qué me trataban como a mis hermanos y no como a mis hermanas. Dejé de estudiar a los 14 años. Mi historia no fue plato de gusto para mi familia, claro, pero siempre ha estado a mi lado. Peor fue lo de mi pareja: rompimos justo cuando logré operarme. Necesitaba la operación: ver en el espejo lo que había dentro de mí. He sufrido mucho. Para mí hubiera sido mucho más cómodo haber nacido mujer biológica, poder tener un hijo. Ésa es mi mayor frustración. Aún no he conseguido ser feliz como mujer. En cuanto la cosa pasa a mayores y digo lo que fui, se echan para atrás. He tenido relaciones, pero aún espero encontrar el hombre que me ame. Hay quién te busca para satisfacer una curiosidad, un morbo. No me interesan. No engaño a nadie: soy lo que ves, una mujer”.

JORGE MARTÍN SÁNCHEZ:

“O acababa con el conflicto, o él acababa conmigo”

35 años. Técnico superior de comercio. Comenzó en 2004 el proceso de reasignación de sexo. Preside la asociación El Hombre Transexual.

“Fui educado en un colegio femenino. Desde los 13 años me he esforzado por ser una mujer, imitando las actitudes y los ademanes de mis amigas. Pero lo grande es que mi identidad de varón no se ha movido un ápice. El primer transfóbico he sido yo. Todo aquel esfuerzo no sólo fue vano, sino que no permitió el libre desarrollo de mi personalidad. Era un niño infeliz y hoy soy un hombre feliz. Dicen: no sois hombres porque no tenéis falo. Y yo digo: he sido siempre hombre, de niño, con barba y mamas al inicio del tratamiento hormonal, y ahora ya operado: sin mamas, sin ovarios y sí, sin pene. No lo necesito para ser varón. Llevaba 32 años muerto y, o acababa con el conflicto, o él acababa conmigo. Hablo en metáforas porque me ha tocado explicar lo que para los demás es inexplicable: he nacido dentro de un burka –un cuerpo– que me negaba la identidad. Pero ese burka natural se puede quitar; lo que más me duele es el impuesto por los otros, el DNI que no identifica, sino margina, y que lleva una cruz: esa M en la casilla de sexo que te recuerda allí donde vas este Martirio”.

 THANNYA MELISSA GUIDO QUIRÓS:

“Tuve que salir de mi país para tener respeto”

33 años. Maquilladora, peluquera y costurera por libre. Nació en Costa Rica. Llegó a España hace cuatro años solicitando asilo político.

“Siempre me he sentido niña, pero me dolía que me miraran con otros ojos. Los niños me insultaban y yo me refugié en los estudios, era la favorita de los profesores. Pero a los 15 años, ya no podía más. Mi padre es cirujano y le pedí que me operara. Se negó. Me dijo que entre cuatro paredes podía hacer lo que quisiera, pero que yo era un hombre. Me echaron de casa, me fui a la capital y tuve que trabajar en la calle. No me querían en ningún lado. Me hormoné por mi cuenta, allí no hay endocrinos que te atiendan. Enseguida me puse increíblemente bella, me operé los senos, tenía muchos clientes; pero la policía me detenía, me humillaba, me torturaba. Demandé al Estado por vulnerar mi libre albedrío y gané una indemnización de 3,5 millones de colones, con los que vine a España hace cuatro años. Aquí estoy bien. Veo respeto. Me gustaría llevar una pancarta diciendo: ‘Soy una mujer transexual no operada’, para evitar equívocos. Mi pene es parte de mí. Si renunciando a él pudiera ser madre, me lo quitaba yo misma. Pero es mi sexualidad y no quiero perderla en el quirófano”.

 

 

 

 

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